Día y noche, de madrugada, al atardecer, en la cama, en el sillón, en el transporte público, en cualquier lugar, siempre la encontraba, cruzando el pasillo, mirando en la ventana de enfrente, en la escalera que subía mientras él bajaba, en la esquina de la calle, nunca de frente, siempre era un instante, milésimas de segundo, se había convertido en una fuente de vida para él, sentía que cuando la veía, ganaba un poco más de tiempo, sólo ese segundo importaba. Ella era todo aquello que siempre había anhelado sin saber realmente qué era. Ella pertenecía a su vida, se había atravesado como las constelaciones a través del universo. Se había quedado ahí, estática en su memoria, fija como una imagen digital que no se maltrata, ni pierde color, ni pierde nitidez. Por un momento creyó que estaba loco; lo único de loco que tenía era haber pensado que lo estaba. Y ella seguía ahí, inmóvil, como una flor esperando la primavera, tan fría y tan cálida, tan llena de pensamientos, tan viva, tan real. No sabía cómo ni dónde encontrarla pero sabía que tenía que hacerlo, sabía que si no lo hacía, su vida ya no tendría sentido. Ella seguía ahí, apareciendo y desapareciendo, entre la gente o entre los árboles, nunca la alcanzaba, ni siquiera lo intentaba, sabía que no podía. ¿Cobardía? No lo creo, cobardía sería no aceptar la realidad, cobardía sería ignorar que le dolía, cobardía sería negarse a estar enamorado. Él era un verdadero amante. No le temía al amor; temerle al amor es el acto más grande de cobardía. Él estaba enamorado.